13/2/12


Portada diseñada por Andrea Saga
La brisa entró por la ventana entreabierta, empujando en su camino las finas cortinas. Luego, arrastrándose suavemente, acarició la joven piel de la muchacha que yacía desnuda en la cama. Meredith abrió los ojos y extendió el brazo hacia el hombre que dormía a su lado. Pero las sabanas estaban vacías. Se incorporó, cubriéndose los pechos inconscientemente con la manta.
Lo último que recordaba de la noche anterior era haber hecho el amor con un muchacho que había conocido en el casino Luxor. Después de un día de perros decidió salir con unas amigas. Necesitaba pasarlo bien y olvidar por unos momentos su trabajo como administrativa en una empresa de seguridad. Demasiados albaranes, demasiadas facturas, demasiados jefes déspotas.
A la hora más o menos de estar allí, sus miradas se habían encontrado. Tom estaba jugando a la ruleta y, al parecer, le estaba yendo bastante bien. Él había sonreído y ella, sin pensar en lo que hacía, se acercó a él.
De entrada no le había resultado especialmente atractivo, pero tenía algo que la había encandilado. Quizá sus ojos verdes y su manera de hablarle; o tal vez, esa sonrisa, llena de perfectos dientes. O el cabello, corto y castaño, que enmarcaba unas facciones duras y que le otorgaba un aspecto de héroe de novela. A lo mejor fue eso lo que le gustó de él. El caso es que, unas copas más tarde, habían acabado retozando entre las sabanas de la cama de ella.
Y ahora él se había ido. Meredith sonrió con desgana. ¿Cómo no lo había imaginado? ¿De verdad pensaba que, tal y como le iban las cosas últimamente, él se quedaría? Con un suspiro, se levantó y comenzó a recoger su ropa. El tanga había quedado a medio camino entre la puerta y la cama, y el resto de sus prendas estaban desperdigadas por la habitación. Cogió el fino jersey que llevaba la noche anterior y lo arrojó sobre un sillón. Sin embargo, frunció el entrecejo al ver que, en una esquina, estaba la camiseta que vestía Tom la noche anterior. Que ella recordara, él no llevaba ropa de repuesto.
Un atisbo de esperanza iluminó sus ojos. Dudaba mucho que se hubiera ido al amanecer sin camiseta, aunque con el calor que hacía últimamente todo era posible. Se giró y salió de la habitación, para llegar al salón. Allí tampoco estaba. Caminó mientras se ponía una camiseta que había recogido antes de salir del cuarto y llegó al balcón. Allí estaba él, con la mirada perdida en el mar de piedra que era el desierto de nevada.
Estaba apoyado en la barandilla, observando con ojos curiosos la ciudad. Las Vegas comenzaba ya a despertar y los rayos del sol se filtraban entre los altos edificios del centro iluminando el rostro de Tom. La muchacha salió al balcón sin hacer ruido, sintiendo el frío del suelo en sus pies descalzos. Sin decir una palabra, rodeó su cuerpo con los brazos y le besó en la espalda desnuda.
—Creí que te habías ido —susurró.
Él no se sobresaltó. En vez de eso, sonrió y extendió una mano hacia atrás para acariciar la cintura de Meredith.
—¿Por qué iba a irme? —preguntó—. Aún no he desayunado.
Ella rió en silencio. Esa era otra de las cosas que le había gustado de él: su sentido del humor. Con cada frase, con cada comentario, Tom conseguía arrancarle una sonrisa y hacerle olvidar su trabajo… y su vida en general. No exageraba al pensar que aquella había sido una de las mejores noches de su vida.
Él se giró por fin y le mostró aquellos perfectos dientes. La agarró con suavidad de la cintura y la atrajo hacia él. Sus labios volvieron a unirse de nuevo, como la noche anterior, y ella sintió que el mundo desaparecía a su alrededor.
—¿Tienes hambre? —preguntó él cuando se separaron—. Puedo bajar a comprar algo.
—No te preocupes —. Ella se giró y entró en la casa con paso decidido.
Tom la siguió y observó su cuerpo semidesnudo contoneándose. ¿Podría ser ella?, pensó. Meneó la cabeza, apartando esos pensamientos. No iba a pensar en ello. Al menos, no por el momento.
Meredith trasteó en el frigorífico y se deslizó en la cocina. En un momento tenía preparado un buen desayuno a base de café y tostadas. Tom se sentó en una silla, frente a ella. Realmente era una mujer hermosa. Tenía un cabello rubio que dibujaba divertidas filigranas en su frente y unos ojos verdes en los que Randall no había podido evitar perderse durante toda la noche.
Desde que se conocieron la noche anterior, habían congeniado muy bien. Pero entonces ¿por qué no podía disfrutar? ¿Por qué se negaba a dejarse llevar? En el fondo conocía la respuesta, aunque no quisiera pensar en ello. No quería enamorarse. De hecho, no debía hacerlo. Su vida era demasiado complicada, demasiado peligrosa. No estaba dispuesto arrastrar a nadie al agujero en el que él mismo se había introducido.
Se había ido de Raven City buscando una vida mejor. En su ciudad natal todo lo que había querido desapareció de un plumazo. Primero murió su padre de un infarto, luego su madre, asesinada a sangre fría por un hombre sin alma. Por si eso fuera poco, Jenny McMurphy, la chica de la que había estado enamorado toda su vida, había comenzado una relación con su mejor amigo Jake Turner. No les guardaba rencor, ni mucho menos. Los quería a los dos y deseaba lo mejor para ellos. Pero no podía continuar en esa ciudad habiendo tanto dolor entre sus calles.
Todo eso cambió por completo su personalidad. Poco a poco se volvió una persona más egoísta, más oscura. Cuando llegó a Las Vegas, después de un largo periplo por los Estados Unidos, decidió que viviría sólo para él. Su único objetivo sería ser feliz, aunque ello significara destrozar las vidas de otras personas.
Se metió de lleno en la vida nocturna de Las Vegas. Allí tenía todo lo que había deseado: dinero, diversión, mujeres… En aquella ciudad encontró un hogar, aunque a veces luchaba por contener la maldad y el egoísmo que se había apoderado de su alma. Tom Randall no era la mejor persona del mundo, pero tenía un código de honor muy estricto.
En los últimos cinco años, los únicos momentos en los que había gozado de algo de paz, fueron con alguna mujer. No sabía si era por el amor que había profesado a su madre y a Jenny, pero lo cierto era que, si no estaba tirado a un lado de alguna carretera secundaria con sus entrañas pudriéndose al sol, era gracias a todas las mujeres que se había encontrado en su vida. Mujeres anónimas, sin nombre, pero que le habían alejado de un final destructor para sí mismo.  
Aún así, con cada una de ellas con la que disfrutaba, con cada trabajo oscuro y cruel que realizaba, con cada cuerpo que poseía, se iba hundiendo más y más en la miseria. Por eso construía un muro alrededor de su corazón. Por eso estaba sopesando la idea de levantarse de la mesa e irse.
—¿Qué vas a hacer hoy? —la pregunta de Meredith le sacó de sus ensoñaciones. Guardó silencio porque no sabía qué contestar. Por un momento le asaltó la idea de quedarse con ella, de disfrutar de su compañía durante todo el fin de semana. Pero por otro lado se resistía a ello. No quería hacerle daño.
El sonido de su móvil le salvó de contestar. Tom se levantó y sacó el aparato del bolsillo de su chaqueta, que permanecía colgada sobre una silla. Era un mensaje de Steve Reinolds. «Te necesito. MGM, dentro de una hora».
Tom hizo una mueca y chasqueó la lengua. Odiaba cuando le avisaban con tan poco tiempo. Pensó por un momento en no acudir a la cita. Tenía suficiente dinero para pasar varios meses relativamente holgado, y seguro que saldría otro trabajo en poco tiempo. Aunque por otro lado, era una oportunidad única para salir de aquella casa y poner un poco en orden sus pensamientos, sin necesidad de hacer daño a Meredith.
—Tengo que irme —dijo acercándose a la chica y posando un beso en su cabeza.
La muchacha pareció desilusionada,  pero aguantó con estoicismo y esbozó una hermosa sonrisa.
—¿Trabajo?
—Sí —contestó Tom mientras le daba un bocado a la tostada que descansaba en el plato—. Lo siento. Te llamaré ¿vale?
Ella se levantó y le rodeo con sus brazos. Luego posó un dulce y húmedo beso en los labios de él y susurró:
—Gracias.
Él sólo pudo sonreír y después, tras dedicarle una cariñosa mirada, se giró y desapareció tras la puerta. 
Meredith levantó las piernas y las colocó sobre la silla, rodeándolas con los brazos. Ahora volvía a sentirse sola. Desayunó con la certeza de que Tom Randall no la llamaría.

* * * *

El MGM Grand Las vegas era una monumental mole de cristal y granito en pleno Las Vegas Strip. Randall se acercó a la puerta principal y examinó los alrededores. La gente iba y venía de aquí para allá. Unos, hundidos en sus quehaceres diarios; otros, los más, caminaban de un casino a otro en busca de fortuna.
Entre el mar de cabezas distinguió la que le interesaba. Steve Reinolds, con sus casi dos metros de altura, se acercaba caminando a paso ligero hacia él.
—Has venido pronto, Randall —dijo a modo de saludo.
Tom le miró esbozando una sonrisa.
—Ya sabes, el trabajo es lo primero.
Reinolds metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un cigarro. Después de encenderlo, sin ofrecer ninguno a Tom, comenzó a cruzar la carretera sin añadir una palabra más. Randall le siguió con las manos en los bolsillos. No le caía bien su socio. Desde que se conocieron, meses atrás había notado algo en él que no le gustaba. Cierto era que jamás había hecho nada que le resultara sospechoso. Al menos, teniendo en cuenta sus actividades. Pero esa sensación seguía allí cada vez que se encontraban para hacer un trabajo. Cuando miraba en sus ojos veía oscuridad, violencia. Y Tom era violento. No podría hacer lo que hacía si no fuera así, pero incluso él tenía unos límites. La mirada de Steve destilaba odio y disfrute con el dolor ajeno.
—Ya deberías tener tu parte del dinero en tu cuenta —le informó Steve tras darle una calada a su cigarro.
—¿Tan pronto? —Randall se mostró sorprendido. Sacó su móvil del bolsillo y conectó internet para comprobar que el pago se había hecho efectivo.
—Exigí que nos pagaran la mitad antes del trabajo, y la otra mitad después —explicó Steve.
—¿Tan complicado lo ves? —Tom volvió guardar el móvil. Todo estaba en orden.
—No es complicado, Tom —aclaró Steve sentándose en un banco, al otro lado de la calle, desde la que se veía perfectamente la puerta principal de MGM—. Digamos que el objetivo es un tanto especial.
—¿Por qué?
—Es el director del casino. Al parecer ha agraviado de alguna manera a nuestro cliente.
—¿Quién es el cliente?
—Cuando te uniste a mí quedamos en que jamás me preguntarías eso, Tom. Mis contactos son míos y no tuyos. Si permito que me acompañes es porque has demostrado más de una vez que puedes sacarnos de un aprieto, pero nada más. Un trato es un trato.
—Lo sé, pero…
—Ya te dije que no me gusta dar explicaciones a nadie. Tú no eres una excepción. Y ahora cállate. Ya sale el objetivo.
Tom desvió la mirada hacia la entrada del casino para ver a un hombre de unos cuarenta años. Iba bien vestido, como correspondía a su trabajo y caminaba agarrando la mano de una hermosa mujer que le acompañaba. Randall chaqueó la lengua. La presencia de la mujer complicaba las cosas.
—Vamos allá —dijo Steve lanzándose a cruzar la carretera para seguir a la pareja.
—Espera, tío —Randall le siguió intentando mantener el paso del hombretón—. ¿Qué pasa con la chica? El trabajo consiste en asustar al director, no a ella. Deberíamos esperar a otro momento.
—¡Tonterías! Nuestro cliente quiere que sea ahora. Tiene prisa.
—Pero aún así…
—¡Escúchame, tío! —Reinolds se giró de pronto y agarró a Tom del cuello de su chaqueta—. Ya se te ha pagado, tienes el dinero en tu cuenta. Así que atente a lo que hay que hacer. Si tienes algún problema, me lo dices cuando hayamos terminado el trabajo. ¿Te parece bien?
Tom hinchó las narices, enfadado, y tuvo la tentación de mandar a Steve al otro lado de la calle, pero se contuvo. No debía descubrirse. Finalmente, respiró hondo y clavó su mirada en los ojos llenos de odio de Reinolds.
—Está bien, hagámoslo cuanto antes.
—Así está mejor —Steve sonrió y le dio un par de golpecitos en la cara—. Ahora sigamos a ese desgraciado.
Los dos hombres caminaron entre la multitud sin perder de vista a la pareja, que paseaba haciéndose alguna que otra carantoña de vez en cuando. La oportunidad llegó cuando el objetivo giró a la derecha y se internó junto a la mujer en un callejón que desembocaba en la calle principal.
Sin decir una palabra, Tom y Steve hicieron lo que siempre hacían en aquella circunstancia. Steve siguió a la pareja al callejón y Tom continuó caminando a paso ligero para rodear la manzana y entrar por el otro lado. De esa manera, el objetivo no tenía escapatoria.
Normalmente, la victima nunca escapaba. Era muy difícil escabullirse del corpachón de Steve. Pero haciéndolo así reducían las posibilidades de fracasar en el trabajo. Tom no disfrutaba haciendo aquello, pero era lo único que sabía hacer. Hacía cinco años que se fue de Raven city. Llegó a Las vegas sin trabajo y sin dinero y se le ofreció la posibilidad de ganar varios miles de dólares haciendo aquello. No se negó. Después de dormir varias noches en la calle bajo la lluvia, pensó que no era mal negocio. Los trabajos siempre consistían en lo mismo. Dar un pequeño susto a algún pobre desgraciado que había tenido la poca inteligencia de ofender a alguien con más poder. 
No se sentía orgulloso, pero la vida le había llevado por aquellos derroteros y tenía que aceptarlo. Además, poco a poco, se había ido amoldando. Tenía dinero y todas las comodidades que quería y, si algún trabajo salía mal, podría escapar con facilidad.
Cuando llegó a su destino, el objetivo corría hacía él a toda velocidad. Al parecer había logrado escapar de Steve. Tom se lo encontró de frente y apenas tuvo tiempo de levantar una mano. Al hacerlo, el director de casino se vio empujado por una extraña corriente que lo lanzó por los aires y lo estrelló contra la pared.
—Guauu, tío. ¡Menudo golpe! —exclamó Steve cuando se acercó a él.
—Lo he pillado desprevenido —mintió Tom. Luego miró más allá de la mole que era Steve. 
En la calle principal, la gente caminaba ajena a lo que estaba sucediendo en el callejón. Un poco más cerca, un cuerpo yacía en el suelo junto a un contenedor de basura.
—¿Qué le has hecho a ella? —quiso saber Randall, encarándose con Steve.
—Ella está bien, tío. Tranquilízate. Despertará en unos momentos.
Dicho esto, Reinolds se acercó al objetivo y, sin mediar palabra, comenzó a golpearle.
Tom no intervino. Para esa parte del trabajo Steve se valía perfectamente solo. En lugar de eso, se dedicó a vigilar que nadie entrara en el callejón y los vieran. Un movimiento atrajo su atención. La chica que acompañaba a la víctima se estaba incorporando y, en un momento, estaba de pie y corriendo hacia la calle principal.
Tom la siguió para detenerla, pero la distancia que les separaba era demasiado grande. No lograría atraparla antes de que avisara a alguien. Así que se detuvo y levantó ambas manos. Se concentró en la muchacha. Expulsó de su mente todo lo que rodeaba, dejando únicamente el esbelto cuerpo de ella. Entonces, el cuerpo de la chica se elevó en el aire y retrocedió hasta llegar a los brazos de él.
—Si dices una palabra, te mataré —la amenazó Tom agarrándola del cuello. La chica le miró sorprendida y aterrada al mismo tiempo, pero no habló.
Randall hizo una mueca de fastidio. Se había visto obligado a usar sus poderes y se había arriesgado mucho al hacerlo. La mujer no era un problema. Tenía una señal en el ojo, sin duda efecto de un golpe que Steve le diera para dejarla inconsciente. Estaba aturdida y lo más unos minutos después pensara que lo que acababa de suceder habían sido alucinaciones provocadas por el miedo.
El que le preocupaba era Steve. Deseó con todo su corazón que el hombretón no lo hubiera visto. Descartó esa idea al escuchar los golpes que le estaba propinando al director del casino. Cuando Steve se centraba en dar una paliza, se olvidaba de todo lo demás.
Al fin, los golpes cesaron. Steve Reinolds se acercó a Tom limpiándose los puños llenos de sangre.
—Vaya —dijo esbozando una siniestra sonrisa—. Creo que me he emocionado. ¿Qué tenemos aquí? —preguntó al ver a la mujer, que se retorcía entre los brazos de Randall.
Se arrodilló frente a ella y apartó un mechón oscuro de sus ojos.
—Cuando te golpeé hace un momento no me había fijado en que estabas tan buena —comentó mientras acariciaba la barbilla de la chica con un dedo e iba bajándolo hasta meterlo entre la tela de la camisa.
—Déjala, Steve —Tom se movió para alejar a la muchacha del hombretón—. Ella no tiene nada que ver con el trabajo. Ya te has pasado golpeándola.
—Exactamente, Tom. Ella no tiene nada que ver con el trato. Así que a nuestro cliente no le importará que nos divirtamos un rato ¿no?
—No, Steve —insistió Randall—. Vámonos. En cualquier momento puede aparecer alguien por aquí.
Reinolds se incorporó y clavó su mirada oscura en su compañero. Luego desvió sus ojos para observar el cuerpo de la muchacha. Dio un par de pasos al frente para encararse con Tom.
—¿Sabes cuál es la ventaja de hacer lo que hacemos, Tom? —le preguntó.
Randall aguantó su mirada sin contestar.
—Que podemos hacer lo que nos dé la gana —sentenció Reinolds.
Dicho esto levantó una mano y propinó un sonoro golpe a Tom que, cogido de improviso, no pudo defenderse. Se derrumbó en el suelo, soltando a la mujer, que cayó sobre él. Su vista se nubló y apenas podía ver. Se mantuvo tumbado, intentando recuperar el resuello.
Entre las brumas de la inconsciencia escuchó como la mujer gemía de terror mientras era arrastrada por el suelo. Ese no era su trabajo, pensó. Steve no debería estar haciendo aquello. Cuando por fin volvió en sí comprobó que su compañero se había llevado a la mujer junto al director del casino, que yacía inconsciente sobre un montón de basura. Desde allí, ocultos tras un contenedor de metal, nadie podría verlos.
Steve había arrancado los botones de la blusa de la mujer y apretaba sus pechos a través del sujetador, mientras con la otra mano aprisionaba los brazos de su víctima. La chica intentaba gritar, pero era tal el miedo que debía sentir, que ningún sonido salía de su garganta.
—¡Maldita sea, Steve! —gritó Tom poniéndose en pie—. No nos han pagado para esto. No somos violadores.
Reinolds rió ante el comentario de Tom mientras forcejeaba con la chica por levantarle la falda.
—Hay tantas cosas que no sabes de mí, Randall… Deberías saber con quién te metes. Además —añadió con una sonrisa de triunfo, cuando consiguió apartar a un lado la tela de la ropa interior—, esta putilla lo está pidiendo a gritos. Se lo merece sólo por haber nacido.
Eso ya fue demasiado para Tom. Él no era buena persona, había hecho cosas más que cuestionables, pero no era un violador. Por su mente pasaron las imágenes de los rostros de su madre, que había sido tan importante para él, y de Jenny, que le esperaba en Raven City; de Meredith, que esa misma mañana le había mirado con tristeza cuando le dijo que debía irse. ¿Qué haría él si ellas estuvieran a punto de ser violadas? Posiblemente lo mismo que iba a hacer en ese preciso instante.
Con paso firme se acercó a Steve, que ya había comenzado a desabrocharse el cinturón, y descargó una potente patada sobre su costado. El hombretón, pillado completamente desprevenido, salió despedido hasta caer sobre el director del casino.
—¿Qué coño haces, Tom? —protestó Reinolds tras levantarse—. Si no te gusta lo que estás viendo, vete.
Randall no contestó. En lugar de eso, se abalanzó sobre Steve y golpeó de nuevo. Su puño se manchó de sangre al romperle la nariz. Reinolds, rojo de ira, se revolvió y estrelló su corpachón sobre el de Tom. Ambos forcejearon en el suelo golpeándose mutuamente.
La fuerza de Reinolds era muy superior a la de Tom así que, poco a poco, el hombretón fue ganando terreno, golpeando con disfrute el rostro de Randall, que comenzó a teñirse de rojo.
La negrura comenzó a invadir de nuevo la visión de Tom y las fuerzas le abandonaron. Se dejó golpear una y otra vez. No podía moverse, aprisionado como estaba por la mole que era Steve Reinolds. Finalmente, el hombretón dejó de golpear. Cuando comprobó que Randall no iba a moverse más, se levantó y dio una última patada al cuerpo inmóvil del muchacho.
—Te está bien empleado por meterte donde no te llaman —dijo mostrando una sonrisa llena de dientes cubiertos de sangre.
Luego volvió a girarse hacia la mujer, que intentaba inútilmente alejarse del lugar, arrastrándose sobre la basura que la rodeaba. La alcanzó sin problemas y le dio la vuelta con brusquedad para ponerla boca abajo. De un rápido movimiento le arrancó las bragas, que emitieron un chasquido. La piel de la mujer adquirió un tono rojizo a causa del tirón.
Las manos de Steve acariciaron el perfecto trasero de su víctima.
—Ahora te vas a enterar, putilla —dijo mientras continuaba desabrochando sus pantalones.
—¡Steve! —la voz de Randall se elevó y rebotó entre las paredes el callejón.
Reinolds hinchó las narices, harto ya de que le interrumpiera. Volvió a levantarse y se giró encolerizado para acabar con la miserable vida de Tom. Se encontró con que el muchacho tenía la mano derecha alzada, señalándole a él. Una extraña fuerza lo levantó en el aire y, de pronto, se sintió lanzado hacia la calle principal. Cayó con estrépito entre los coches que circulaban por la carretera. Uno de ellos dio un volantazo y logró esquivarlo. Pero el conductor del autobús que le seguía no fue tan rápido.
Tom observó desde el fondo del callejón, como el autobús embestía el corpachón de Steve y lo lanzaba varios metros más adelante, estrellándolo contra la acera y rompiéndole el cuello. Aquí y allá se escucharon gritos y la gente comenzó a correr despavorida. Unos hacia el accidentado; otros en dirección contraria.
Tom dio un paso atrás, sin saber qué hacer. Observó a la mujer, que continuaba en el suelo, aparentemente inconsciente. Se debatió entre la necesidad de huir de allí o ayudar a la muchacha y llevarla a algún hospital. Al final, su egoísmo ganó la batalla. La chica estaría bien. Con el revuelo que se había formado, tarde o temprano, alguien entraría en el callejón y la encontraría. Con un poco de suerte nadie habría visto lo sucedido. No se sentía orgulloso, ni lo haría nunca, pero en esa situación era lo único que quería hacer.
Sin pensarlo un momento más, Tom se giró y se internó de nuevo en el callejón. Pasó a toda velocidad al lado cuerpo de la chica y giró a la izquierda. Paró un momento para agacharse y lavarse la cara, completamente llena de sangre, en un charco que había en una esquina. Luego, salió del callejón y se internó en la calle paralela a la del accidente de Steve.
Lo que Randall no alcanzaba a imaginar era que alguien lo había visto todo. Desde el otro lado de la calle, una figura le observaba. Había presenciado el asesinato de Steve Reinolds y, apretando los puños con fuerza, juró que se tomaría su venganza.

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