14/6/12


Las agujas salieron de su piel por fin. El sujeto abrió los ojos y un potente foco que había colgado en el techo le deslumbró. A su alrededor dos figuras se movían de un lado a otro, discutiendo y gesticulando con las manos.
—¿Cómo está? —preguntó una voz.
—Aún es pronto para saberlo —respondió otra, temblorosa—. Llevamos demasiado tiempo abusando de su cuerpo. No sé cómo reaccionará.
—Quinox está desatando el caos en la ciudad —replicó la primera—. Tenemos que hacer algo para detenerlo.
Quinox… El sujeto intentó hacer memoria. Le sonaba aquél nombre, igual que le sonaban las voces que escuchaba. Pero ¿Quiénes eran? ¿Quién era él? Volvió a cerrar los ojos cuando percibió que alguien se acercaba. Unas manos le palparon en el cuello y el pecho.
—Su ritmo es normal, señor —anunció de nuevo la voz temblorosa—. Tal vez debamos esperar.
—El ángel oscuro no espera.
El ángel oscuro… Aquellas palabras fueron como un interruptor en su mente. De repente lo recordó todo. Conversaciones mantenidas en su presencia. Aunque las personas que hablaban no sabían que él podía oír. Palabras que hablaban de un nuevo justiciero en la ciudad. Quinox, el ángel oscuro.
—Ayer mató a un hombre —continuaba la voz—. Y la semana pasada a un grupo de cinco.
—Se le olvida mencionar que esos hombres eran criminales, señor Turner —le recordó Andrews—. Un violador y cinco jefes de la mafia.
—Aún así, son personas. Ningún mequetrefe con alas y gabardina negra debe tomarse la justicia por su mano. Y mucho menos ocultándose bajo una capucha. Si la policía no puede hacer nada, debo hacerlo yo. Se lo debo a mi mujer.
El sujeto nunca había visto al tal Quinox pero al escuchar su nombre sintió que una oleada de odio hacia él crecía por su cuerpo. Emitió un gemido lleno de ira. Sin saber por qué deseaba levantarse de la camilla en la que estaba postrado y arrancarle las alas a ese justiciero.
Inmediatamente dos cabezas aparecieron en su campo de visión, tapando la tremenda luz de la lámpara que le deslumbraba.
—¡Está despierto! —exclamó un hombre regordete y sudoroso que el sujeto reconoció como Andrews.
—¿Funciona? —pregunto el otro. Turner, recordó el sujeto. Jake Turner.
—Parece que sí —confirmó el otro.
El sujeto movió un brazo y comprobó que lo tenía atado a la camilla por medio de unas correas. Su corazón se aceleró y su cuerpo empezó a sacudirse. Deseaba liberarse y salir de allí. Matar a Quinox. Ese era su único objetivo.
De repente, un pinchazo en su antebrazo le dijo que le estaban inyectando algo. El sujeto volvió a gritar y a retorcerse. Las correas de cuero se estiraron bajo la tremenda fuerza de la que hacía gala. Y se hubieran roto si el sujeto no hubiera empezado a notar que aquella fuerza le abandonaba. Su visión se nubló y el ritmo de su corazón descendió a niveles más bajos de los normales.
Antes de perder el conocimiento, la voz de Jake Turner le arrulló como si fuera el sonido de una cascada.
—Tranquilo, Jeremy. Pronto podrás matar al ángel oscuro.

Cuando volvió a despertar ya no estaba en la camilla. Su cuerpo descansaba sobre una cómoda cama de suaves sabanas. El sujeto al que Turner había llamado Jeremy se incorporó y observó la habitación. No había nada. Ni ventanas, ni muebles. Extendió una mano para acariciar la pared. No era de cemento, ni de ladrillo. Era de metal.
¿Dónde estoy?, se preguntó. ¿Quién soy?
Cuando se levantó de la cama el mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Jeremy se apoyó en la pared para no caer hasta que el mareo remitió. No recordaba nada, excepto lo que había podido captar de la última conversación, cuando estaba atado a la camilla. Sin saber por qué, sintió una extraña congoja en el estomago al darse cuenta de que no sabía quién era.
—¡Hola! —gritó—. ¿Hay alguien ahí?
De repente, las paredes cobraron vida. En ellas comenzaron a reflejarse imágenes. Imágenes que le hicieron bullir la sangre, sin saber por qué razón. En ellas se veía a una figura de negras alas surcando los cielos. En otras, la misma silueta rescataba a un niño de caer de un edificio. Todas las imágenes que se veían eran de escenas heroicas. Pero por alguna razón, sintió deseos de estrangular a aquél individuo.
Un calor asfixiante subió por su espina dorsal. Jeremy hinchó las narices, presa del odio. Gritó, desgarró su garganta en un alarido de ira que resonó entre las paredes de metal de la habitación. Y entonces sucedió.
Sorprendido y asustado a la vez vio como sus dos manos explotaban y se convertían en dos antorchas de fuego. Jeremy se lanzó al suelo con la intención de apagarlo rodando por el suelo. Pero fue inútil. Las llamas se extendieron por todo su cuerpo hasta cubrirle por completo. El hombre se agitó presa del terror.
Hasta que se dio cuenta que no sentía dolor. Sus manos, sus piernas y su rostro estaban cubiertos de fuego pero a él no le quemaba. Por alguna razón era inmune a las llamas.
Una puerta que no había visto hasta ese momento se abrió para dar paso a un hombre.
—Veo que ya conoces tus poderes, Jeremy —dijo Jake Turner.
Jeremy tuvo la tentación de atacarle, pero era consciente de que si alguien tenía las respuestas que él tanto ansiaba, era Turner.
—¿Quién soy? —preguntó, alzando la voz para hacerse oír sobre el crepitar del fuego.
—Eres miembro del Equipo Caos. Tu nombre es Fuego. Puedes dejar de arder cuando quieras —añadió Jake—. Solo tienes que desearlo.
Jeremy hizo lo que le decían y, para su sorpresa, las llamas desaparecieron por completo. Se observó las manos esperando encontrar llagas o ampollas,  pero su piel estaba perfectamente.
Maravillado, volvió a mirar al otro hombre.
—¿Quién fui? —preguntó esta vez.
—Tu pasado ya no importa, Fuego. Digamos que estabas dónde no debías cuando menos debías. Ahora lo único importante es tu futuro y tu misión.
—¿Qué misión es esa?
—Algo que deseas con todo tu corazón. Acabar con Quinox, el ángel oscuro.
Fuego sintió que su sangre hervía de nuevo al escuchar aquél nombre. No lo entendía. No sabía quién era ese Quinox, ni por qué le odiaba tanto. Lo único que sabía era que deseaba despedazarlo. Sin embargo, poco le importaba.
—¿Cuándo podré hacerlo? —preguntó impaciente.
—Dentro de poco, Fuego. Dentro de poco podrás destruirle.

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2 susurros en la guarida:

Humberto Dib dijo...

Hola, Carlos.
Hice lo que pocos hacen, esto es, seguí el vínculo que dejaste en facebook y vine a conocer tu blog y a ver qué hacías.
Me pareció muy interesante, luego veo lo de la saga.
Te sigo.
Un abrazo.
HD

Carlos Moreno Martín dijo...

Gracias por pasarte por aquí, Humberto. Espero que te guste, tanto el blog como la saga.

Un abrazo.

Carlos Moreno Martín. Con la tecnología de Blogger.

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